domingo, 5 de febrero de 2012

CELOS CONSTANTES MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

FRAGMENTO de CUANDO BESAN LAS SOMBRAS


Enero 28, martes

Cuando desperté, dando un salto que me dejó sentado en el lecho, vi al espectro frente a mí. Sus labios susurraban en forma repetida: "No te miento. Jamás te fui infiel". Ello deja muy en claro que, de algún modo, por ser ahora yo el habitante de la casa, me confunde con Arturo Rimbaldi. O por su clon, para seguir la corriente a las ideas optimistas sobre el duplicado de seres humanos.

Por primera vez, me atreví a reducir la distancia que me separaba de la aparición, acercándome a ella de manera por demás osada. No retrocedió. Muy cerca, le musité, imitando un poco su registro de voz al hablarme: "Estás equivocada. No soy Arturo Rimbaldi". Ello sólo consiguió que el fantasma volviese a insistir en la frase anterior, esta vez con una lágrima tenue rodando por una de sus mejillas.

Tuve entonces un impulso casi mecánico, indeliberado. Me aproximé más y traté de estrechar ente mis brazos a esa mujer sufriente. La impresión que me produjo fue, sin embargo, la de algo tan inasible como ese vaho que brota del aliento en las madrugadas frías. Sentí brotar de ella ese aroma que exhalan los nardos color de nácar al contraste de la sombra nocturna. Un aroma que obraba como si fuese el trasunto de su respiración insubsistente. Quise depositarle un beso en aquella mejilla en la cual había brillado una lágrima, y hallé que su rostro carecía de la densidad indispensable para recibirlo. Resulta en extremo difícil imaginar algo más fluido, más sutilmente impalpable. No obstante, con claridad pude oír que emitía un sollozo. Después, se fue disipando entre mis brazos, como si hubiese llegado a su punto de sublimación.

(...)

Febrero 5, miércoles

...Desperté con una nuevo corcovo en lecho y allí estaba, frente a mí, mucho más lógico y verdadero, el espectro. Me repasaba con esa mirada de súplica que, en mi conciencia, se ha tornado obsesiva; y de sus labios volvían a brotar las palabras, oídas como si procedieran de una lontananza inabarcable: "Por Dios te lo juro. Jamás te fu infiel".

Experimenté, de inmediato, idéntica compulsión que durante la aparición anterior. Me acerqué a la aparecida y traté de transmitirle mi calor vital rodeándola con mis brazos y depositando un beso en su mejilla elusiva. Y hete que, en aquel momento, Marilyn despertó y me sorprendió entregado a esa delicada ceremonia. Al rompe, dio un salto en la cama y gritó:

-¿Qué haces? ¿Qué haces, Dios mío?

Daniela Morán desapareció de entre mis brazos y yo me precipité al piso, alarmado y falto de equilibrio. Ahora, Marilyn me miraba con ojos horrorizados y me acriminaba:

-¡Abrazabas y besabas a esa mujer demoníaca! ¡Hacías el amor con el espectro!

No hallé que responderle. Desde el suelo, me limitaba a mirarla repleto de congoja.

-¡Es abominable! ¡Te has enamorado del espectro!

Finalmente, las palabras germinaron de mi boca como en una eclosión de pánico y de vergüenza.

-¡Ella no es un demonio!–exclamé–. ¡Es Daniela Morán, la dama asesinada por Arturo Rimbaldi! Pena en esta casa y me siento en el deber de prodigarle consuelo.

Marilyn, desde luego, no se encontraba en ánimo de escuchar razones. Con gesto de aversión y de desprecio, volvió a gritar:

–¡Te has enamorado del espectro! ¡Es lo más ruin que cabe imaginar! Lo más vituperable, lo más nauseabundo... ¡Hoy mismo me iré de esta casa maldita!...

Germán Espinosa, Cuando besan las sombras, Alfaguara, Bogotá, 2004.

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